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Transcripción íntegra del texto "Pequeña historia de los gigantes de Estella" escrito por Javier Itúrbide.

Título: Pequeña historia de los gigantesde Estella
Autor: Javier Itúrbide
Fotos: Domingo Llauró
Edita: Comparsa de gigantes y cabezudos de Estella-Lizarra
1ª edición, 1981. Casa de Cultura de Estella-Lizarra
2ª edición revisada y ampliada, 1995

A mis amigos de "La Gamba"
juntos celebramos y celebraremos muchas fiestas

Aquellos viejos gigantes de mimbre

En los primeros años de este siglo urgía sustituir los gigantes y cabezudos de Estella. Su aspecto era deplorable, con magulladuras y remiendos por todas partes. De esta comparsa no se conocen documentos gráficos, sin embargo sí se conserva una descripción literaria, relativamente precisa, en la novela María del Puy, de Gregorio Iribas, que ofrece pinceladas de la vida estellesa en torno al año 1900. En el capítulo 23 se describe la subida al Puy el Viernes de Gigantes para asistir a la Salve en honor de la Patrona de la ciudad; en este acto participa, como es tradicional, la comparsa formada por una pareja de reyes blancos, otra de reyes moros, los cabezudos y los "caballicos Chepe" o "caballicos de Chepe", que de las dos formas los llama el autor.

Uno de los protagonistas, Adolfo Lamberta, comenta con sorna la decrépita apariencia de los gigantes, a los que se les ha sustituido recientemente las viejas cabezas de cartón por otras de mimbre, toscamente modeladas, entre las que destaca por su desmesurada fealdad la del rey moro; el aspecto de la reina blanca no le va a la zaga, pues según comprueba Lamberta, después de la reciente remodelación "se le ha subido un pecho lo menos un palmo de su sitio".  
 
Los reyes moros posan al pie de la torre medieval de la parroquia de San Miguel.

Sin duda estos gigantes olvidados fueron los que bailaron ante Alfonso XII el 4 de marzo de 1876, cuando el monarca visitó Estella con motivo del final de la guerra carlista, Y volverían a actuar ante el rey en su visita a la ciudad en 1903; concretamente fue el 29 de agosto, cuando en una tarde de calor sofocante dieron la bienvenida a Alfonso XIII, al que escoltaron hasta la parroquia de San Juan donde se cantó el Te Deum de rigor. Para esta ocasión se repintó toda la comparsa y el rey blanco recuperó la corona perdida desde tiempo inmemorial. Es posible que el lamentable aspecto ofrecido por la comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad en este día solemne, indujo a los concejales a pensar seriamente en la necesidad de sustituirla en cuanto las arcas municipales lo permitieran. El caso es que al cabo de dos años la ciudad contaría con gigantes y cabezudos nuevos.


El relevo de 1905

Al fin el Ayuntamiento, a comienzos de 1905, decidió sustituir las destartaladas figuras por otras nuevas, que se presentarían ante los vecinos en las próximas fiestas patronales. La decisión estaba tomada y el paso siguiente consistiría en concretar el encargo, el precio y en elegir la persona idónea para construir las figuras. Para ello se buscó asesoramiento en las ciudades que contaban con una comparsa de prestigio. Pamplona poseía la más veterana, construida en 1860 por Tadeo Amorena, y por este motivo no podía ofrecer información de interés. En Bilbao, por aquellas fechas, salían cuatro parejas de gigantes y otras tantas de cabezudos, construidas por Larrea, un artista local, que había cobrado nueve mil pesetas por el encargo. En San Sebastián, según las noticias recabadas por la Corporación de Estella, el empresario de la plaza de toros, José Arana, encargó en 1897 una comparsa, por la que pagó la considerable cantidad de diez mil pesetas; con ella pretendía promocionar sus festejos taurinos; sin embargo, a los pocos años, el Ayuntamiento debió de considerar que gigantes y cabezudos constituían un espectáculo un tanto pueblerino, impropio de una ciudad cosmopolita. Sea por éste o pcw otros motivos, el caso es que pronto se deshizo de la comparsa, que fue cedida a Irún. Vitoria, por su parte, no tenía gigantes, y cuando los necesitaba recurría a los de Pamplona, previo pago de los gastos de personal y transporte. Finalmente será el alcalde de Zaragoza quien ponga sobre la pista a su colega de Estella, a la sazón Gregorio Zuza, al inforinarle que la capital aragonesa, por esas fechas, había recibido una comparsa de gigantes y cabezudos, bien construida y a buen precio; su autor era Bartolomé Domingo, maestro pintor del Hospicio Provincial, quien, según informaba el alcalde de Zaragoza, era "la única persona que en esta población se dedica a la construcción de gigantes y cabezudos".

Animado por las buenas referencias, el Ayuntanúento de Estella escribe a Bartolomé Domingo para conocer las condiciones del posible encargo. A vuelta de correo Domingo remite una flamante tarjeta publicitaria en la que figura como director del "Taller de pintura decorativa" y en la que además se proclaman las excelencias de la empresa: "Sólida construcción, confección esmerada, precios económicos".

 

 

Tarjeta enviada por Bartolomé Domingo al Ayuntamiento de Estella con los precios de gigantes y cabezudos.

Por trescientas pesetas se puede adquirir un gigante de cuatro metros de altura, mientras que un cabezudo, de tamaño grande, sale por cien pesetas, este precio había sido más barato todavía, ya que en la tarjeta se había impreso noventa pesetas y después, a mano, se había subido a cien. A pesar de esta modificación de la tarifa, la casa parece seria; por su parte, y para despejar cualquier duda, el artesano del Hospicio invita al alcalde de Estella a pedir referencias en los ayuntamientos de Zaragoza, Calahorra, Jaca y Santiago a los que, según escribe, había servido últimamente. Efectivamente se buscaron referencias, pero sólo en Zaragoza, el lugar de residencia del artesano. Aquí las pesquisas se encomendaron a Mariano Castillo, un estellés que por estas fechas se encontraba en la capital aragonesa. Castillo escribió al Ayuntamiento de Estella asegurando que si bien la honradez de Bartolomé Domingo estaba fuera de toda sospecha, su prestigio era nulo, ya que nadie le conocía en los ambientes artísticos, al tratarse de "un maleta que hay en el Hospicio". Ante las pobres referencias de Bartolomé Domingo, Mariano Castillo propone para construir la comparsa de gigantes y cabezudos de Estella a un auténtico artista, a un escultor y decorador de reconocido prestigio en la capital aragonesa, como era Dionisio Lasuén. Cabe pesar que se impusieron los precios razonables del modesto Bartolomé Domingo sobre la fama de Dionisio Lasuén, que presentaría honorarios fuera del presupuesto del municipio estellés.


Los nuevos gigantes

Elegido el artista, el paso siguiente consistía en establecer la identidad de los gigantes y cabezudos. Para empezar, Bartolome Domingo ofrece un amplio muestrario y está abierto a los deseos del Ayuntamiento de Estella, al que promete facilitar bocetos de los personajes que le propongan, y si son aprobados, inmediatamente se pondrá a construirlos. Su experiencia en este tipo de trabajos le autoriza a sugerir que los gigantes han de estar relacionados con "alguna leyenda o historia local", mientras que los cabezudos suelen representar a "tipos del país raros".

Modelos de cabezudos, a cien pesetas cada uno, propuestos para la comparsa estellesa por Bartolomé Domingo en 1925.

 

 

La Corporación Municipal, tras debatir el tema, llegó a una conclusión continuista. Se trataba de sustituir la viejas figuras de los reyes por otras similares, por consiguiente se encargaría una pareja de reyes blancos y otra de reyes moros. Sin embargo se introdujeron algunas precisiones al señalar que la primera pareja representaría a dos monarcas navarros concretos, que sorprendentemente no formaban un matrimonio, sino una forzada pareja separada en el tiempo por más de un siglo. De esta manera y por voluntad municipal, los reyes de Navarra de la comparsa representarían a Carlos 111 el Noble y a doña Catalina de Foix. En lo sucesivo este monarca desfilaría por las calles de la ciudad apartado de su legítima esposa doña Leonor de Trastámara, de la que había tenido ocho hijos, franqueado por doña Catalina, también apartada forzosamente de su esposo Juan de Albret, el último monarca navarro.

Bartolomé Domingo no entró en disquisiciones históricas y siguió obedientemente las instrucciones que le llegaban de Estella, aunque debía de ser un hombre concienzudo, pues para ambientarse indagó sobre los monarcas navarros que había de retratar y, ufano, informó que el rey y la reina pertenecían respectivamente a los siglos XIII y XIV , lo cual, además de llevar como mínimo un siglo de error, no era demasiado precisar; aunque para el artista fue suficiente para poner manos a la obra, ya que al poco tiempo informa al Ayuntamiento que la pareja regia ya está concluida y "sólo faltan algunos detalles de la indumentaria".

La elección de una pareja tan dispar no satisfizo plenamente a la Corporación que, aunque tarde, optó por una elección más ortodoxa. Los gigantes representarían a un matrimonio real, acorde con la Historia. De esta manera, sin cambiar un sólo detalle de las figuras ni de su vestimenta, se decidió que el que iba a ser en un principio el gran rey Carlos 111 el Noble, fuera en lo sucesivo don Juan 11 de Aragón, y que doña Catalina de Foix se convirtiera en Doña Blanca de Navarra, legítima esposa de Juan 11 y madre del Príncipe de Viana. Pero no acabó aquí la confusión sobre la identidad de la pareja de reyes de la comparsa, a la que el corresponsal de el "Diario de NavarTa", en la crónica sobre la fiestas patronales de 1905, identificó con don Juan y doña Catalina, los últimos reyes de la monarquía navarra. Los estelleses, fiados de la autoridad de la letra impresa, tuvieron una nueva ocasión para añadir más incertidumbre sobre la identidad de sus reyes blancos.

En este año de 1905 se celebraba el tercer centenario de la publicación de "El Quijote" y también Estella había preparado sus festejos para la conmemoración. La construcción de la comparsa de gigantes ofreció una buena oportunidad para rendir homenaje al "Caballero de la Triste Figura", que fue aprovechada por la Corporación Municipal, que de manera unánime acordó que la segunda pareja de gigantes representará a Don Quijote y su amada Dulcinea. Así, por el momento, quedó descartada la construcción de la pareja de reyes moros. Esta decisión fue acogida con agrado por el artista, ya que en la comparsa de Zaragoza había construido una pareja con estos dos personajes, con lo que el trabajo resultaba ahora más fácil por trillado; sin embargo, como prueba de su profesionalidad, prometía introducir algunos cambios en las figuras de Estella, para diferenciarlas de sus hermanas aragonesas. Bartolomé Domingo proponía que Don Quijote llevara, además de lanza y rodela, una magnífica armadura de hojalata, que sin duda deslumbraría a niños y mayores. Pero con estas mejoras el presupuesto se alteraba sensiblemente, y las trescientas pesetas inicialmente previstas por gigante se convertían en quinientas. Las arcas municipales no estaban para tanto dispendio y, al final, Miguel de Cervantes se quedó sin homenaje en la comparsa estellesa.

Desechado Don Quijote, se vuelve a la idea primitiva y, por tanto, la segunda pareja sería la de los reyes moros, iguales a los ya existentes en la vieja comparsa estellesa. El Ayuntamiento así lo había decidido desde el primer momento y no tenía ninguna duda sobre este particular hasta que Bartolomé Domingo propuso su particular homenaje a Cervantes. Todavía el artista, en su afán por agradar, embrollaría nuevamente la situación al ofrecer la posibilidad de elegir los reyes moros "de raza blanca o negra", al tiempo que se permitía sugerir una pareja variopinta, fon-nada por un rey moro blanco y una reina mora de raza negra. Tanta solicitud acabó por aburrir al alcalde, quien el 26 de mayo le escribe que haga lo que quiera. Debió de recapacitar el alcalde y considerar que el asunto no se podía dejar al criterio del artesano, pues al día siguiente se trató en el pleno de la Corporación, que resolvió que el rey y la reina moros fueran negros. El artista, que posiblemente ya había hecho las figuras, obedeció a medias, y pintó de negro el rostro y las manos del que iba a ser rey moro, a pesar de que sus facciones coincidían plenamente con las de un blanco, que bien hubiera pasado por hermano de don Juan 11, el rey cristiano de la comparsa. Los "precios económicos" que ofrecía Bartolomé Domingo tenían estas servidumbres.

El Berrugón Roba Culeros El Tuerto El Boticario
       
El Forano La Forana Torero Morico del Pilar

 

Cuatro cabezudos

La elección de los cabezudos también tuvo su complicación. Inicialmente el Ayuntamiento había pensado en una pareja de enanos y otra de bufones, sin más disquisiciones, pero Bartolomé Domingo volvió a complicar las cosas al ofrecer un muestrario con ocho personajes, que en definitiva no eran otros que los que acababa de fabricar para el Ayuntamiento de Zaragoza. El artesano los había fotografiado y los mostraba, convenientemente numerados, con sus identidades escritas a mano. Así aparecían Roba Culeros -que si la ocasión lo requería, podía pasar por Sancho Panza-, El Berrugón, El Zaragozano, El Boticario, Torero, Moreno del Pilar, El Tuerto y La Forana. La Corporación estellesa, tras las deliberaciones de rigor, eligió cuatro cabezudos, dos de talla mayor como eran los personajes de Roba Culeros y El Boticario, que frente a la versión aragonesa aquí se muestra con barba; y otros dos más modestos, de cabeza pequeña, como son El Tuerto y El Berrugón.

El trabajo del señor Domingo no se limitaba a modelar las cabezas y manos, pues se comprometía a entregar las figuras completas, con todos sus vestidos y abalorios, aptas para irrumpir en las fiestas del 1905 completamente engalanadas. De la vestimenta original, la preparada por el artesano de Zaragoza, se guarda en el Archivo Municipal una relación minuciosa, con todas las prendas y complementos, que pone de relieve los cambios registrados a lo largo de décadas de actuación, en las que los personajes de la comparsa dejaron a jirones sus aditamentos primitivos.

  De esta manera el rey moro perdió una gargantilla blanca y azul, así como la banda blanca que cruzaba su traje rojo, que al cabo del tiempo fue sustituido por otro blanco. Su esposa, cuando vino ataviada de Zaragoza, no llevaba el enorme velo que mas tardé lució, sino que se tocaba con una pequeña corona, al tiempo que por encima del vestido llevaba una chaquetilla rosa. En lo que concierne a Juan 11, el primitivo traje morado fue sustituido por uno rojo; y su esposa, Doña Blanca, que se cubría con un discreto pañuelo crema, más adelante se engalanó de manera más castiza y anacrónico, con mantilla, peineta y claveles.
La pareja de reyes blancos, don Juan II de Aragón y doña Blanca de Navarra, ante el edificio que albergó hasta el siglo XIX la Casa Consistorial, el Regimiento de la ciudad.

Por lo que respecta a los cabezudos, inicialmente todos ellos iban con guantes y medias blancas y zapatillas negras. Roba Culeros, era la excepción con una polainas grises, a tono con el color de su chaquetilla y pantalón. El Tuerto llevaba chaquetilla morada y pantalón verde; para El Berrugón se emplearon las mismas piezas de tela aunque con otro orden, pues su chaquetilla era verde mientras que el pantalón era morado. El Boticario, tocado con un gorro de cartón, llevaba bata recogida con un ceñidor.


El precio

Quedaba por concretar el importante capítulo del gasto. El Ayuntamiento había reservado 1.800 pesetas para renovar la comparsa de gigantes y cabezudos. Ni una peseta más, pero Bartolomé Domingo, con sus constantes propuestas y mejoras, casi había conseguido confundir a la Corporación estellesa, que, cuando el trato ya está prácticamente cerrado y el artesano ya ha puesto manos a la obra, se encuentra con la amenaza de ver desbordado el presupuesto; y todo porque la figura de Don Quijote con su armadura se ponía en quinientas pesetas, y porque los reyes navarros Don Juan Il y Doña Blanca, puesto que a juicio de Domingo son piezas de encargo, únicas, y esto siempre requiere más trabajo, suben de trescientas a cuatrocientas pesetas cada una. Al final el gasto se puede situar en dos mil pesetas, sin contar los costes de envío.Y si Estella estuviera dispuesta a echar la casa por la ventana, Bartolomé Domingo introduciría sugestivas mejoras en la vestimenta, a base de "abundante galonería, oro y collares de pedrería (falsa) que hacen muy elegante". La contestación a las sugerencias del artesano del Hospicio de Zaragoza fue tajante: no se puede gastar ni una peseta por encima de las 1.800 presupuestadas y, en segundo lugar, con esta cantidad se entregarían dos parejas de gigantes y otras tantas de cabezudos: A cambio de la congelación del gasto se permitiría al artesano realizar todo tipo de variaciones en el programa inicial, especialmente en vestidos y abalorios. Si Bartolomé Domingo se negaba a rebajar el precio, el contrato se daría por roto y se ofrecería a otro taller más económico. Esta actitud tan enérgica tuvo sus efectos inmediatos, y el 24 de mayo, sin pensarlo dos veces, a vuelta de correo, Bartolomé Domingo escribía a la Corporación: "Acepto las 1.800 pesetas por los cuatro gigantes y los cuatro cabezudos, puestos en Estella", y además, como propina, prometía que "este servidor" viajaría a Estella para "vestirlos y armarlos en su día de inauguración".


"Prontitud y economía"

Los gigantes y cabezudos deberían estar terminados para la fiestas patronales y, para evitar sobresaltos de última hora, se fijó la fecha de entrega, con suficiente antelación, en el 20 de julio.

Las gestiones se habían iniciado con tiempo, la negociación con Bartolomé Domingo echó a andar en febrero, se prolongó durante marzo y abril, a causa de las ofertas del artesano, y se cerró a finales de mayo, con algo menos de dos meses por delante para realizar el encargo. Cerrado el trato, el mes de junio transcurre sin noticias sobre la construcción de los personajes de la comparsa; el alcalde, acostumbrado a la nutrida correspondencia con Batolomé Domingo, se inquieta por la falta de noticias y escribe a Zaragoza. La re-puesta llega enseguida y con palabras tranquilizadoras: se trabaja a buen ritmo, el contrato se cumplirá conforme a lo convenido y en la fecha acordada gigantes y cabezudos estarán en Estella, por lo que la Corporación puede estar tranquila y comprometer su palabra anunciando la nueva comparsa para las fiestas. En las cartas de Bartolomé Domingo, en el membrete de su taller, campea el lema "Prontitud. Economía".


Llega la comparsa

Al fin los gigantes y cabezudos de Bartolomé Domingo abandonaron el taller del Hospicio de Zaragoza para emprender el viaje a Estella, su destino definitivo. El traslado se hizo en tren, durante toda una noche, para desembarcar en Tafalla, en donde tomaron la galera que diariamente hacía la ruta a Estella. Aquí llegaron el don-tingo 30 de julio, diez días después de la fecha prometida por el artesano. Este ligero retraso tuvo su explicación: la nueva comparsa de Zaragoza, obra de Bartolomé Domingo, iba a viajar a Valencia y por este motivo resultaba imprescindible realizar algunos arreglos, que obligaron a posponer la obra de los gigantes estelleses, que concluyó exactamente el 20 de julio, fecha en la que el artesano escribe satisfecho al Ayuntamiento: "Nos hemos puesto todos a una y hoy se ha terminado", para afirmar al alcalde: "Creo que le gustará mi trabajo, todo el que lo ve le gusta mucho y yo estoy satisfecho".

Los patrones de la ciudad, la Virgen del Puy y San Andrés contemplan, desde su hornacina, el paso de la comparsa

 

 

Al día siguiente de la llegada de los gigantes a Estella, el lunes, 31 de julio, apareció en la ciudad Bartolomé Domingo, quien, sin perder tiempo, se puso a ensamblar y vestir las figuras ante la mirada atenta de Ilurre, el encargado municipal de la comparsa, a quien en lo sucesivo correspondería esta función. Cuando concluyó el montaje y la comparsa estaba preparada para la inspección, apareció la Comisión de Fomento, la responsable del encargo, que inspeccionó detenidamente las figuras y, satisfecha, pagó puntualmente a Bartolomé Domingo las 1.800 pesetas acordadas. A esta alturas, el artista se había encariñado con sus personajes de cartón y aseguraba que le entusiasmaría "verlos salir y no abandonarlos hasta hacerles la entrega"; pero no podía esperar a la víspera de las fiestas, pues se encontraba en los días de mayor trabajo, con compromisos a plazo fijo, que le obligaban a regresar a Zaragoza, poner a buen recaudo el dinero y emprender un nuevo viaje el miércoles de esa misma semana.

Para guardar convenientemente durante todo el año las nuevas figuras se había llegado a un acuerdo con el Santo Hospital, donde se iban a depositar "mediante un pequeño arreglo", según consta en el acta de la sesión municipal del 19 de agosto. Mientras tanto, se busca un nuevo destino final para los viejos gigantes estelleses, ahora sustituidos por la flamante comparsa de Bartolomé Domingo. El Ayuntamiento pretende venderlos y sacar algún dinero, aunque sea poco, para paliar el gasto de la nueva comparsa. Con este propósito el alcalde escribe a su colegas de Los Arcos, Mendavia, San Adrián, Cárcar, Lerín, Puente la Reina, Falces y Peralta, ofreciendo los decrépitos gigantes y cabezudos a precio de saldo. No se tiene noticia de que obtuviera respuesta.


Reglamento y protocolo

A la nueva comparsa le corresponde un nuevo ct reglamento-. Lo había preparado concienzudamente la Comisión de Fomento con la debida antelación, y fue aprobado por unanimidad en la sesión ordinaria de 20 de junio. En sus disposiciones se contempla el salario de la comparsa, integrada por los conductores de los cuatro gigantes, otros tantos cabezudos y tres "caballicos chepes", quienes por sacarlos mañana y tarde durante todos los días de las fiestas cobrarían veinte duros a repartir entre todos; además, de esta cantidad 'deberían deducir la compra de "vergas y botarguinas", que corría por cuenta de los miembros de la comparsa; también serían por cuenta de los conductores los desperfectos que pudieran sufrir las figuras, "excepto los ocasionados por fuerza mayor", y para evitarlos, seguramente con la mente en precedentes desdichados, la Comisión les prohíbe beber durante el servicio.

El Ayuntamiento no parece generoso con el esforzado y numeroso personal de la comparsa; las cien pesetas que cobraba para todas las fiestas constituía el salario de cada una de las dos parejas de gaiteros contratadas por el municipio, que por aquellos años encabezaban los prestigiosos Anselmo Elizaga y Demetrio Romano. A los conductores no les queda la esperanza de ampliar sus menguados recursos con alguna propina a cambio de atender las demandas de los estelleses, ilusionados con una actuación privada, ya que el reglamento lo prohíbe expresamente y ordena que los gigantes "sólo los bailarán los conductores marchando sin detenerse, aunque despacio, por la vía pública".

  En lo concerniente al protocolo, el encargado de la comparsa tiene instrucciones bien precisas. Cuando se acompañe a la Corporación Municipal, marcharán delante los cabezudos grandes, es decir Roba Culeros y Boticario, y cerrarán la comitiva Berrugón y el Tuerto, los cabezudos chiquitos. Sin embargo, este orden se invertirá en las procesiones y en los desfiles en los que no participe el Ayuntamiento. En cualquier ocasión, siempre, los tres inefables "caballicos Chepes" -los zaldikos, de otras localidades- se colocarán a la cabeza, despejando a vergazos la nube de niños.
El "caballico Chepe", una figura rudimentaria, siempre presente en las comparsas de Estella.

Los tres "caballicos Chepes" habían sobrevivido a la primitiva comparsa, la anterior a la de Bartolomé Domingo, y finalmente fueron reemplazados en 1947 por unas nuevas figuras encargadas a un mimbrero de Vitoria. En este mismo año debutaron en las fiestas patronales dos gigantes que representaban a la clásica pareja de estelleses vestida de fiestas, de blanco y con faja y pañuelo rojos. Fue construida por los hermanos Laporta, dos valencianos afincados en Estella, a los que el Ayuntamiento recurría para pintar los escudos de Navarra y Estella de la Casa Consistorial, confeccionar reposteros para la Casa Consistorial, poner a punto la comparsa para las fiestas, coser trajes nuevos para los gigantes y cabezudos, o, como sucedió en 1947, para construir esta pareja de danzantes estelleses, por la que cobraron dos mil pesetas. A falta de pruebas documentales, cabe pensar que los hermanos Laporta también hicieron los cuatro cabezudos que se agregaron a los ya existentes, salidos del taller de Bartolomé Domingo. Estos nuevos personajes no tienen nombre, representan sendas parejas, de hombre y mujer, de vascos y aragoneses, como se les ha identificado sin mayores precisiones por la boina y el cachirulo, el pañuelo de cabeza, que lucen; son personajes de segunda fila, modestos, de rostros poco agraciados, que en el caso de los vascos aparece afilado, surcado por arrugas simétricas, y que en el de los maños es lo contrario, con carrillos anchos que contrastan con 1 frente estrecha. Las cuatro cabezas muestran su parentesco en la boca, que en todos los casos ofrece el mismo rictus, a mitad de camino entre el bostezo y el llanto.


La tercera generación

También a los gigantes de Bartolomé Domingo los llegó el momento de la jubilación. Al cabo de 83 años, después de innumerables arreglos a cargo, primero, de los hermanos Laporta; después de María Puy Erce; y en los últimos 30 años de Jaime Garrués y de sus hijas Aurora e Isabel, sus rostros aparecían desfigurados por los petachos de cartón piedra y sus vestimentas, renovadas en varias ocasiones, ya no guardaban parecido con los primitivos modelos.

En 1986 los gaiteros Carlos Duñabeitia y Salvador Martínez prepararon un informe en el que se ponía de manifiesto el deplorable estado del conjunto de la comparsa de Estella y, como conclusión, se proponía la construcción de otra nueva, réplica fiel de la precedente, a la que se incorporarían los detalles originales en la vestimenta y abalorios; las nuevas figuras se construirían en un poliéster, lo que garantizaría su pervivencia y al mismo tiempo aliviaría a los conductores del peso de las viejas de cartón piedra. La propuesta de los gaiteros estelleses fue acogida favorablemente por la Corporación Municipal, que el 7 de mayo de 1987 aprobó la sustitución de las viejas figuras y encargó la fabricación de otras nuevas para lo cual autorizó un gasto de dos millones y medio de pesetas.

En esta ocasión el encargo no suscitó las dudas y negociaciones de 1905, puesto que la decisión estaba bien clara. Se trataba de hacer réplicas de cada una de las quince figuras de la comparsa estellesa: los cuatro gigantes y cuatro cabezudos de Bartolomé Domingo, y los cuatro cabezudos y tres "caballicos Chepes" incorporados hacia 1947.

 
La comparsa baila en la Plaza de los Fueros. A la derecha asoma El Aragonés, uno de los cuatro cabezudos construidos en 1947.
 

La construcción de la nueva comparsa se encomendó a Blas Subiza, de la Chantrea, que desde hacía cinco años, junto a dos escultores y dos ensambladores, dedicaba su tiempo libre a la fabricación de gigantes. Aquí se habían construido comparsas para la Chantrea, Mondragón, Tudela, Puente la Reina y Aoiz.

Desde el primer momento de desechó la posibilidad de sacar moldes de las viejas cabezas de los gigantes y cabezudos, ya que los golpes acumulados las habían desfigurado totalmente. Por este motivo, los escultores de Blas Subiza, a la vista del original, reconstruyeron en barro la imagen primitiva de cada una de las figuras; después, de la reproducción en barro sacaron los moldes de escayola con los cuales, finalmente, fundieron en poliéster las nuevas piezas. Construidas las figuras, se procedió a pintarlas y vestirlas siguiendo escrupulosamente, en esta ocasión, el inventario elaborado en 1905, a la recepción de la comparsa de Bartolomé Domingo. De esta manera, el cabo de ocho décadas, los gigantes y cabezudos recobraron su aspecto primitivo, gracias a la participación, entre otros, de Aurora e Isabel Garrués, que pintaron y vistieron las nuevas figuras; de Salanueva, que repuso las espadas, abanico y cetros de los monarcas; y de Osinga que se encargó de las coronas, diademas y pendientes.

La presentación oficial de la nueva comparsa de poliéster tuvo lugar en la Plaza de los Fueros el día de la Virgen del Puy de 1988. Para esta ocasión los gigantes se encontraron con una nueva partitura, preparada para este momento por Duñabeitia y Martínez, los gaiteros que habían propiciado su existencia. Los nuevos gigantes, al ritmo del vals marcado por las gaitas y el tamboril, danzaron por primera vez ante su público de Estella, siguiendo la coreografía preparada por Fuentes y Urriza.

A nueva comparsa, nuevo reglamento. El redactado en 1905, sumergido en el olvido, fue reemplazado por el aprobado en el pleno municipal de 5 de mayo de 1988. En esta ocasión se establece la organización jerárquica del grupo, con dos responsables: el Capitán de Gigantes y el Capitán de Cabezudos; se divide a los cabezudos y "caballicos Chepes" en dos grupos, pa ra que en todo momento uno de ellos esté siempre en acción, en tanto que el otro pueda descansar; y de nuevo se fija el orden de la comparsa en los desfiles oficiales. Entre los trece artículos que conforman el nuevo reglamento aparece la repetida recomendación a los portadores de la comparsa de que se abstengan "de fumar y beber mientras estén bailando". Las normas municipales concluyen recordando a los miembros de la comparsa que su misión consiste en contribuir a la alegría de los pequeños y que en ningún caso han de asustarlos intencionadamente. Los olvidados gigantes anteriores a 1905, los salidos del taller de Bartolomé Domingo y también sus recientes réplicas de poliéster, todos ellos, sin duda, han contribuido a crear un mundo de ilusión y alegría, en las generaciones de niños que les han visto desfilar, entre el estruendo de las gaitas, por las calles de la vieja Estella. Con seguridad, los mayores guardan en su interior el vestigio de estas emociones, que rebrotan a medida que su infancia se diluye en el pasado.

     

 

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